Cuento: La bicicleta

(Pedro Gómez)

Todos los domingos antes de ir al gimnasio Pablo iba a comprar un cartón de huevos y dos plátanos. En el supermercado se encontró a la vecina del apartamento 24-N. Ella le preguntó si daba clases de spinning a lo que respondió algo molesto – no me subo a ese aparato- de inmediato le preguntó ¿cómo estaba Lola? – Bien, eran cuatro cachorros – respondió la alegre dama. Se despidieron. A ella le gustaba ver a su atlético vecino. Aquel día Ramón durmió en su cama por vez primera. En el comedor estaba la bicicleta de color azul que usaba cuando niño para ir de paseo con su padre y en la esquina una foto de ellos levantando un trofeo. Nadie se había preguntado por qué estaba allí y llena de polvo. Pero esta pareja sí lo hizo y un silencio invadió aquel lugar. Hablaron de los próximos campeonatos. Luego de caminar varios minutos, subir las escaleras, entró para dejar en la cocina lo que había comprado. Sus amigos ya le habían preguntado si iba a entrenar y Pablo le respondió que sí. Recogió su bolso y salió a la parada de autobús junto a Ramón. Pablo le guiño un ojo. Ramón lo agarró por la mano para abrazarlo y juntar sus labios carnosos en un delicioso beso. Cerraron sus ojos para viajar al paraíso del amor deseoso. Cada uno se iba en un taxi diferente. Ramón se fue antes que Pablo. Vio a un niño con un mono y franela de color verde haciendo el mismo recorrido que un hombre sobre una bicicleta azul. Recordó triste que condujeron bicicleta por la avenida Libertador y un autobús veloz derribó a su padre, el mejor ciclista de la región. No podía respirar, ni hablar, solo llorar acariciándole su cara esperando la ambulancia. Se escuchó el frenazo de un autobús que evitaba atropellar al niño de la bici. Pablo se subió al taxi. Miró por el retrovisor al niño siendo abrazado por un hombre. Ramón le llamó para decirle que había llegado bien. Pablo le pago al taxista. Entró al gimnasio y decidió no hacer la rutina de piernas; sino montarse en una bicicleta para spinning. Sonaba la canción “La Bicicleta”. Había una de color azul igual a la que usaba cuando tenía cinco años y se subió. Pedaleó hasta sentir la brisa fresca de cada mañana durante los paseos con su padre y oyó su voz diciendo –lo lograste-. Llegaron sus amables amigos y le dijeron para irse. Al entrar al bonito apartamento con una sonrisa satisfactoria por su logro en el gimnasio, limpio su bicicleta. Preparó con esmero la deliciosa cena y espero a Ramón sentado en la mesa. Con sus ojos marrones lagrimosos le contó que su padre había fallecido luego de haber sido atropellado por un autobús. Como paños las manos de Ramón secaron esas gotas de tristeza y con un abrazo compasivo lo invitó a calmarse para degustar el mejor alimento en aquel paraíso del amor. Comieron, limpiaron la casa. Y antes de dormir se llevo la foto para su habitación. Un nuevo amanecer llegó y en los siguientes días, meses y años siempre alquilaban dos bicicletas para ir a cumplir sus obligaciones.

 

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