Paseando en el transporte público de Ciudad Bolívar

No tener un vehículo o tener un presupuesto económico limitado obliga a algunos habitantes de Ciudad Bolívar trasladarse a cualquier lugar de la ciudad en el transporte público que puede ser una “perrera” (camioneta Ford Pick Up con asientos y una cabina en la parte de atrás), autobús o van.

En Ciudad Bolívar los autobuses realizan su recorrido según el número de la ruta que va del 1 al 3. Otros indican la zona para donde van usando un letrero que dice: Los Próceres, Las Casitas, El Perú, entre otras opciones. Las “perreras” pueden decir Tres Brisas o cualquiera de los números de la ruta. Es difícil moverse en ellos porque no indican los nombres de los lugares por donde circulan como otros transportes en Venezuela.  

Usar el transporte público es una experiencia, única e irrepetible. Ahí se puede escuchar música de todos los géneros, se encuentran amistades, se enamoran, se discute por el costo del pasaje que los transportistas incrementan cuando quieren, la situación del país, el maltrato de los choferes y colectores hacia los usuarios o viceversa.

Luego de caminar hasta la parada. Se debe esperar que el transporte haga su aparición para sacar la mano o moverla, señal que se usa para alertar al chofer o colector (persona que cobra el pasaje) que se detenga para subirse un pasajero. Algunos andan apurados otros no.

El sudor le recorre algunas partes del cuerpo y entra en el transporte que lleva más de la capacidad de personas que puede trasladar. En ese lugar se siente como si fuera en una lata de sardina.

La combinación de olores que se encierran en ese lugar puede enamorarte, hacerte perder el conocimiento, vomitar o generar alguna enfermedad en la nariz hasta perder el olfato por un tiempo. La ropa puede quedar oliendo a gasolina. Los asientos rotos como si en la noche anterior entro un tigre y con sus garras los rompió son parte de las obras de artes que decoran el transporte. Los que se salvaron de esa agresión se usan como lienzos o cuadernos para dejar firmas o dedicatorias de amor.

Se escucha salsa, reggaeton, merengue, bachata, música cristiana, vallenatos, remix que no se entienden y genera dolor de cabeza. Es extraño escuchar una emisora o música pop en el transporte público que podrían llamarse “discotecas ambulantes” porque el bom bom del bajo es lo que suena y hace vibrar los vidrios que hasta el corazón del pasajero baila.

Quienes logran sentarse deben aguantar apretones de gordos y los roces de los penes de aquellos que van de pie. Quienes están parados son unos gimnastas porque se agarran con una mano o con los dos, llevan bolsas en las manos haciendo pesas o suben un pie y van guindando de la puerta. Otros deben pegarse lo más que pueda para ingresar más gente. Hay personas que no se mueven teniendo espacio para hacerlo. En las “perreras” te mojas cuando llueve más que andar en la calle.

Algunos colectores son amables con los usuarios y se expresan: “Si puede ir avanzando por ahí, mi hermano” para pedirle que camine por el pasillo porque otros discuten, insultan, maltratan a mujeres y hombres. Cuando te bajas de ellos debes lanzarte porque andan volando.

Lo mejor de ese lugar son aquellas personas que cantan, algunos tienen buena voz otros están para sacarle “El chacal de la trompeta” del programa de televisión norteamericano, pero alegran el día. También, son lugares donde los vendedores ambulantes ofrecen sus productos: caramelos, chocolates, tarjetas con mensajes cristianos o de amor, otros solicitan “dinero para ayudar a niños (as) enfermos”, entre otros.

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